martes, 28 de noviembre de 2023
Manojos
Cincuenta y seis huesos dan forma a las muñecas, falanges y nudillos; también, diez uñas, un millar de nervios, grasa y músculo conforman los órganos fundamentales de la acción y la conexión del ser humano con el mundo y las herramientas que piensa, crea y utiliza.
Se dice que la mano es más rápida que el ojo. La parte del cuerpo más complicada de dibujar. Muchas veces las damos por sentado aunque sean fundamentales para nosotros desde el primer mes de vida hasta los últimos momentos de la vejez. Las acciones, los momentos y lugares por donde las obras de las manos van quedando desperdigadas, inmersas en el universo de todas las cosas hechas y por hacer con estos apéndices. Notamos las manos cuando tienen la quietud suficiente para contemplarlas, en ese momento ya no es la mano que hace, que toca, si no la que se posa, acaricia y retuerce en su propia posición, el juego de tocar con el pulgar cada dedo, aquel que tiene más tinta en el dorso que en el bolígrafo.
Usamos las manos para señalar, para sujetar, para sentir y expresar y al pasar de los años ellas van guardando el tiempo y las marcas que acumulan. Las manos narran al hacer y al ser observadas, acciones diferentes pero que contienen dentro de sí todas las historias posibles por crear; una seña, un movimiento o un gesto manual pueden desplegar un abanico de posibilidades a las que no prestamos suficiente cuidado debido a la velocidad de la ejecución o la lentitud de la manualidad.
Pero también en las manos está guardada la tristeza, la pasión, el remordimiento, la dulzura, la ira y el amor. El destino está escrito en las líneas de la palma pero es esa misma la que lo forja o lo destruye y debajo de las uñas queda guardada toda la tierra con la que lo hicimos. Pero las manos, aún cuando hayan sido relegadas en el rango de la visión, no son rencorosas.
Algunas gozan de recrear a los ojos con sus inventos o con las marcas que dejan y la historia que guardan pues tienen la potencia del todo y son vehículos de expresión. Sabiéndolo, fueron capaces de realizar un ojo capaz de captarlas y guardar el instante de la acción que sólo ellas conocen por ser parte y porque el tacto se escapa a la visión y le compite, creando sus propias imágenes en una pareidolia sensible.
La cámara se convierte en el ojo de la mano, en el accionar del obturador y en el proceso de revelado, en una respuesta de las manos al monopolio de las imágenes que tiene el sentido de la vista. Tan acostumbrados a la luz estamos que simulamos el contacto de las manos con el mundo en la ilusión de la textura y las tramas. Y entre esa doble ilusión de ver y palpar se diluyen las imágenes, las sensaciones y los sentidos.
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